Argentina, Gourmet, Lifestyle, People, Urbanstories, Vinos / 31 31UTC mayo 31UTC 2014

Agustina De Alba, la chica del vino

Es uno de los talentos de la nueva generación del vino. Fue premiada dos veces Mejor Sommelier de Argentina, e hizo un entrenamiento en el Celler de Can Roca, el restaurante catalán número uno del mundo. A menos de un año de haber escrito esta nota, inédita hasta hoy, sigo admirando a Agustina de Alba, y puedo decir que además, tengo la suerte de que se haya convertido en una gran amiga. Uno de los regalos que trae este trabajo y la vida. Aquí mi primera mirada sobre ella, en una charla en la que repasa su vocación, el vino, los jóvenes, el futuro. Y el amor y la pasión cuando la vocación es clara.

Vocación absoluta: nada la hace más feliz que estar allí donde nace el vino.

Se ríe y tiene cara de nena. Miro la pantalla de la cámara y el retrato del fotógrafo, y ahí, parece todavía más chica. Agustina De Alba tiene 26 años –que ya es poco para todo el camino que lleva recorrido, pero aún podría restarle unos años más-,  y su risa espontánea también disimula la experiencia. Habla de sus alumnos y sus clases en EAS (la Escuela Argentina de Somelliers), del tiempo que pasó en el la Isla Mauricio en África, de su primera experiencia en Los Notros en el Glaciar Perito Moreno, de su paso por Gaucho UK en Londres. Lo cuenta como al pasar, y al verla no dan las números para saber cómo en tan pocos años se fue construyendo semejante camino. Como si todo hubiera estado fríamente calculado para convertirla en un proyecto de la mejor sommellier del mundo. Pero no. Ella se vuelve a reír y rompe con todo protocolo, se olvida de la entrevista, se saca el saco con el que más tarde hará el servicio como cada noche desde hace casi dos años en Aramburu, y cuenta de la primera vez que pisó Mendoza. Estaba de vacaciones con su papá, y no había planes vinculados al vino, aunque por un error, les cancelan una excursión y terminan en la bodega La Rural, en Maipú. “Le hice tantas preguntas a la guía que me terminó diciendo, ‘yo ya no te puedo responder, si querés llamo al enólogo’. Yo necesitaba saber más”. Se enamoró de Mendoza en ese mismo instante. Tenía quince años y se juró volver. Pocos años después se recibiría de sommelier, sorteando mandatos familiares que la querían en la UBA y no tomando vino. Pero su destino se marcó en ese viaje, y definitivamente, estaba ahí, entre viñedos.

De servicio, como cada noche en Aramburu, donde se encarga de maridar los platos de la cocina que comanda Gonzalo Aramburu. El restaurante es el N°6 de Argentina y quedó en el puesto 31° de los 50 Best de Latinoamérica.

A toda velocidad

Felicidad total en la Route des Grands Crus, en Francia, al pie de la Côte d’Or.

Dice que desde chica siempre preguntó mucho. Que tomaba vino con soda en las comidas familiares. Que a los nueve años quería ser azafata para conocer lugares nuevos y también camarera para hablar con mucha gente y ganar propinas. Que a los quince ni sabía de la profesión de sommelier hasta que, obnubilada, a su vuelta de Mendoza, un profesor de inglés del colegio le acercó un programa de la carrera. Y se anotó sin dudas, hasta que le preguntaron cuántos años tenía, y le dijeron que volviera cuando fuera mayor de edad. Fue lo primero que hizo, pero en el mientras tanto, ahorró un verano entero como ayudante en una colonia de vacaciones, para costearse una temporada en Mendoza. Quería vivir ahí y se las ingenió para pagarse un pasaje en micro y tener plata suficiente para estar dos o tres meses. Consiguió una casa, un trabajo de camarera y se pasó las tardes robando uvas de las fincas vecinas y probando para aprender a diferenciar los sabores de las cepas. Empezando a entender y a descubrir la voz del viñedo. Cuando volvió a inscribirse en la Escuela Argentina de Sommeliers, no había vacantes, sólo dos lugares reservados, en lista de espera. “Estoy esperando desde los quince años, no me hagas esto, yo no puedo perder más tiempo”.

La vocación que urge, el llamado del destino, el talento que quema y que no da lugar a la espera. Agustina no podía esperar. Eso le latía adentro, y como no hay puertas cerradas para los que toman el timón de sus virtudes, uno de esos alumnos nunca se presentó. Se recibió a los 19, con honores, pero eso era sólo el comienzo. La carrera meteórica siguió con experiencias en el sur más austral, en el Glaciar Perito Moreno, en Sudáfrica, en Londres. Con el título de la Mejor Sommelier de Argentina 2008, aún cuando todavía no entendía hacía dónde estaba yendo su carrera. Y la historia le sigue el pulso a su talento: a fines de 2012 ganó, por segunda vez, el título nacional, y en 2013 fue seleccionada para hacer un entrenamiento en el Celler de Can Roca, el restaurante catalán galardonado como el número uno del mundo.

La mirada de la sommelier

Y un día fue elegida para trabajar en… el Celler de Can Roca, el mejor restaurante del mundo.

Sabe mucho de lo suyo. Posiblemente, aún no sabe del todo lo que quiere. Ahí y en la acción, veo los  25. Veo el sello y el estilo propio: “Aprendí una estructura, un protocolo, que me ayudó mucho, es indispensable. Pero con el paso del tiempo lo adapté y elijo poner mi propio protocolo en Aramburu. Lo aplico acá y les pido a los camareros que usen el mismo. Eso es posible acá por cómo es el restaurant, acompaña al lugar”, explica. “Mi forma de meterme en la mesa, involucrarme con el cliente… es desestructurar algo que, de por sí, no tiene que tener estructura: el vino es algo natural, la estructura aleja. No importa qué vino tomés, lo importante es disfrutarlo”. Y en ese disfrute resalta la apertura de la gente joven frente a este universo que hace no mucho tiempo atrás, era poco atractivo y se ubicaba en un lugar casi inalcanzable para ese segmento. “Es distinto a alguien de 50 años, que capaz tiene ya su marca clásica y piden eso. Los más jóvenes me dicen, ‘estoy en tus manos, pero no me traigas algo de $300’. No les da vergüenza decirlo”.

Los principios, el futuro

“Como sommelier, mi lugar es comunicar. Nosotros somos el puente entre el viñedo y el cliente, soy un canal”.

La charla va de un tema a otro con el mismo vértigo que, intuyo, se fue sucediendo todo en su carrera y en su vida, desde que entendió dónde estaba su vocación. “Soy muy dispersa, y el vino es con lo único que estoy 100% en el presente, en el aquí y ahora. Me enseña a disfrutar el ahora. El vino me ayudó a conocer y conectar con otra gente, pero sobre todo, es una conexión conmigo misma”. Pienso en esa alineación maravillosa que se da al descubrir y aceptar el talento. Y siguiendo el random de nuestra conversación, mi siguiente pregunta no pasa por el futuro, sino por dónde empezó todo. Y ella mira hacia arriba, hace memoria, y la respuesta fluye. “Mi mamá era muy cocinera, me daba a oler las especias… Me encantaba ver el proceso. Siempre que cocinaba tomaba una copa de vino, o un trago y me convidaba algo. Con el tiempo me di cuenta que aprendí a amar esa expectativa, el momento de la preparación”, dice, y se sonríe contando la certeza con la que encaró su vida cuando descubrió el vino. Vuelve a esos primeros veranos en Mendoza, el lugar donde sabía que, por alguna razón, debía estar. “Yo iba para adelante, no sabía bien hacia dónde. Sólo estaba segura de que no tenía miedo. Sentía felicidad”. Y la cara se le ilumina. No es vaticinio mirarla y ver que tiene todo por delante y todas las posibilidades para lograr lo que se proponga. Sin impaciencia, espontánea, dice que algún día quiere llegar a un mundial. Que ese sería el objetivo máximo, pero que ahora no se preocupa. Dice también, como al pasar, pero con la claridad que a veces ni los que vivieron mucho tienen: “Yo quiero disfrutar el camino”.

Daniela Dini.

Foto portada, PH. Pablo Baracat

Y el bonus track es esta foto: poco tiempo después de esta nota, nació una gran amistad que hoy nos encuentra con muchos proyectos juntas. Entre ellos, el Comando Gourmand. Gracias Agus!

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