Benjamin, un violinista en las calles porteñas

Un violinista en una esquina porteña. Un talento, música en un semáforo y una historia que vale la pena leer. Y escuchar, si un domingo como hoy pasan por esa esquina donde esperan Benjamin y su violín.

Llego a la esquina de Árabe Siria y Libertador, y no hay nadie. Miro un poco más de cerca, y está sólo una parte de él: el estuche de su violín, abierto, negro por fuera, rojo por dentro, lleno de monedas y algunos billetes. Es domingo y hace calor, uno de los últimos domingos calurosos de un otoño incipiente que despide al verano. Me quedo con la vista fija en el estuche, pensando en cómo se sentirá tocar en la calle en un día como este, en el que la gente sólo se dedica a disfrutar y se entrega al letargo dominguero. Enseguida escucho un ‘hi’, justo detrás de mí. Es Ben, el violinista. Tiene los ojos muy claros, el pelo despeinado, la sonrisa amplia. El violín a cuestas, claro. Hay algo en él, pero siento que será imposible descifrarlo hasta al menos, escuchar su música. Espontáneamente, se para en esa esquina paqueta de Buenos Aires, espera que el semáforo de rojo y se para frente al primer auto que se frena ante la senda peatonal. Dedica ‘Eine kleine nacht Musik’ de Mozart, ante la mirada azorada del conductor y los acompañantes. Entre los limpiavidrios, los vendedores ambulantes y otros personajes porteños de las calles –muchos no muy gratos-, las paradas en los semáforos se han convertido en lugares donde sellar los vidrios e invisibilizar al mundo exterior. De alguna forma Ben rompe esa distancia y en los breves minutos que dura el stop, bajan la ventanilla, lo escuchan azorados, le dan una propina y le agradecen. Su presencia repentina ahí donde uno no espera, la música que sale como magia, de su violín y de sus dedos, la melodía de Mozart que se expresa a través de él, cientos de años después… es generosidad pura, hay que asumirlo. Yo también le agradezco y caminamos hasta un café cerca para comenzar nuestra charla.

De Los Ángeles a Palermo, la historia

Miro sus manos. Por alguna razón siempre miro las manos de la gente, como si pudieran decirme algo de la persona que tengo enfrente. Las de él son un enigma y a la vez, son honestas. Hablan de su virtuosismo, hablan en un lenguaje que no es el mío, y a la vez, es universal. Ahí mismo me doy cuenta que será inútil intentar descifrar dónde está el secreto. Mi alma de periodista a veces, me juega en contra. La música es eso, el talento es eso: un encanto sobrenatural, un transporte que puede eternizar un momento, suspender el tiempo y regalar una vuelta al mundo en cuestión de minutos. Hasta que el semáforo vuelva a dar verde. “Perdón por cómo se ven mis manos”, se disculpa, sin adivinar todo lo que pasó por mi mente cuando me quedé mirándolas. “Acabo de cambiar las cuerdas del violín”, dice mientras esconde con algo de vergüenza los dedos desteñidos, como engrasados, y se va a lavar las manos. En mi cabeza todavía resuena la melodía de Mozart con la que hizo hablar a su violín.

Ben es Benjamin, creció en Los Ángeles, y prefiere que hablemos en inglés. Son las siete de la tarde y pide su ‘almuerzo’ mientras comenzamos nuestra charla. “El domingo es un gran día para tocar: la gente está alegre, tiene tiempo libre, se dispone a escuchar. Nunca toco un lunes o un martes, hay demasiado enojo, ni siquiera te ven”, me explica, como un experto del comportamiento urbano, alterado por el injustificable malhumor porteño. Así y todo, él adora la misma ciudad que a veces lo abraza y otras lo ignora, enfundada en el caos y el desorden que a la vez, la hace tan única. Pisó Buenos Aires por primera vez en 2009 y desde entonces, se decidió a volver, una y otra vez, hasta que  fijó su base acá. “Cada día me enamoro más de esta ciudad. De su arquitectura, su gente, sus museos, su cultura. Es una New York City más salvaje y loca”, dice sonriendo. Y me cuenta que antes de eso estuvo en Brasil, y antes de Brasil se tomó un tiempo sabático, y antes de eso fue empresario, lo tuvo todo y lo vendió todo. Mucho antes que todo eso y como una parte indivisible de él mismo, comenzó a tocar el violín. Cree que no tenía más de dos años cuando empezó a tocar, alentado por su mamá, Merry, profesora de música y su gran inspiración en la vida. A los cuatro tocaba conciertos en una orquesta y ya le hacían entrevistas. Interpretaba piezas de Mozart, Beethoven y Paganini, y participaba en decenas de concursos, que religiosamente, siempre ganaba. “Mi casa era como un gran conservatorio, en el primer piso, donde mi madre daba sus clases, no se podía hablar. Ella nunca me exigió nada, sólo que practicara una vez al día”, recuerda y comparte la inocencia de aquel entonces, en las que se rebelaba, grababa un ensayo y se tiraba a dormir. Su mamá, al escuchar el mismo error una y otra vez, explotaba de enojo y volvía a obligarlo a ensayar. Pero ensayaba poco. A él sólo le importaba andar en skate, y ganar los concursos para ahorrar plata y comprarse una bici nueva o las cosas que a un chico le gustan. Y en medio de ese viaje en el tiempo, desliza una de las primeras grandes enseñanzas de la charla: “Creo que la inocencia me llevó al éxito. Desde que tengo memoria, frente a cada competencia, sólo preguntaba cuánto era el primer premio. Nunca consideré el hecho de fallar. No es cuestión de arrogancia, sino de confianza en uno mismo: yo necesitaba el premio más alto para comprarme lo que quería, y ni siquiera preguntaba qué había en el segundo o tercer lugar”. Un único objetivo, pienso. Uno sólo y fuerte, es suficiente.

Ben sigue su historia y lo escucho como mirando escenas sueltas de una película, todas hilvanadas por una circunstancia en común: el éxito. Pero no me dejo deslumbrar por eso y pregunto más. Al éxito hay que agregarle la constancia y la clave de la certeza. Las palabras de Ben resuenan en mi cabeza: nunca dudar. “Hay que hacer las cosas pretendiendo que ya las logramos”, dice, con una determinación que no abandona ni por un segundo de la charla, y asumo, ni de su vida entera. Era mediados de los ’90, estudiaba música becado en la universidad y trabajaba como vendedor en una gran tienda de Estados Unidos. Un día, su novia de aquel entonces, le dice que quería un esmalte del mismo color que sus zapatos, color celeste cielo, no había podido encontrarlo en ninguna parte. “Yo puedo hacerlo”; le dijo Ben, y mezcló varios frascos hasta dar con el color exacto, sin tener la menor idea de cosmética ni esmaltes. Por algún motivo, llevó sus mezclas al trabajo y una clienta quiso comprar uno de esos esmaltes. “Mi jefe vio eso, y me pidió que hiciera 100 para el día siguiente”. Así nació Hard Candy, una de las marcas más exitosas de cosmética en Estados Unidos. “El teléfono no paraba de sonar, MTV nos hacía notas y las celebrities nos pedían esmaltes. Desde el primer momento estuvimos en el lugar correcto”. Hard Candy se convirtió en el Chanel de los cosméticos para las adolescentes, y en cinco años, habían creado un imperio, con los esmaltes como estrella, pero con una cartera de más de 160 productos. Cuando el monstruo fue demasiado grande para sostenerlo, vendieron la empresa a LVMH,el holding que gerencia las marcas de lujo más importantes del mundo, entre ellas, Louis Vuitton. Y retomó la vida que nunca había dejado, la del músico, la del artista errante buscando su lugar.

Buenos Aires, destino final

En cinco años de vértigo empresarial que nunca había imaginado, no abandonó su música ni su carrera como compositor. Se fue a vivir a Brasil, montó su estudio e hizo un viaje a Buenos Aires por trabajo, para ponerle su talento a un disco de tango. Nunca había interpretado tango antes, ni había pisado esta ciudad. Fue amor a primera vista: la capital porteña, el 2×4. La mística que esta música tan nuestra despierta, las calles que se abren como refugio, acá, en este fin del mundo impensado para muchos. Quizá esa sensación de estar lejos de todo, abrigado por las esquinas porteñas, protegido por lo efímero de lo urbano, lo llevaron a hacer lo impensado: pararse en una esquina y tocar el violín. Sin pensar demasiado, simplemente movido por transmitir su música, conectarse con la gente desde otro lugar, experimentar la vida desde sus calles, literalmente. “Argentina es uno de los pocos lugares del mundo en los que aprecian el violín. Hay una cultura musical diferente acá. El disfrute de la gente me hace disfrutar a mí”, dice como justificando el porqué vuelve a pararse en una esquina, aguantar las inclemencias del tiempo y las infinitas reacciones de la gente, una y otra vez. Así lo descubrieron no sólo peatones y conductores comunes y corrientes, sino también músicos del Colón, que lo invitaron a formar parte de una de sus compañías, el sueño más próximo de Benjamin. Cuenta que fue a una audición, llegó tarde y estaba tan nervioso que le dio una especie de ataque de pánico. No pudo tocar. Le brillan los ojos pensando en una nueva oportunidad, en concretar ese deseo tan profundo. Le brillan con la expectativa de un chico, y descifro que es el mismo brillo del nene que quería ganar el concurso para comprar su bicicleta, o el joven emprendedor que salió a vender esmaltes, sin esperar nada más que dar el próximo paso. Me conmueve esa suerte de inocencia frente a los sueños nuevos, cuando me doy cuenta que estoy viendo a alguien que podría conseguir lo imposible, porque siempre vivió bajo la premisa de que no hay nada que no pueda lograrse. Y la vida le premió esa confianza: triunfando con su gran talento, en la música o en los negocios. Dando charlas de motivación a estudiantes en las mejores universidades del mundo como empresario ejemplar, tocando en grandes teatros y en orquestas internacionales como músico virtuoso. Regalando una pieza de Mozart a cambio de una sonrisa y unas monedas en una esquina porteña, como un artista callejero anónimo. “Hay que hacer las cosas como pretendiendo que ya las logramos”, me resuenan sus palabras, una vez más. Antes de despedirme, no puedo evitar preguntarle qué le diría a quienes tienen un sueño y quieren cumplirlo, ocultando poco que ese dilema también es mío, que entre su historia y sus palabras tiene que haber una clave, una fórmula. “La diferencia con los que no logran lo que buscan, es que ellos pierden su tiempo estudiando cómo hacerlo y yo lo estoy haciendo. Repito mi idea todo el tiempo, como un disco rayado”, dice, sonriendo. Y yo anoto como si fuera una receta: punto uno, ponerse en acción. Punto dos, fijarse la idea y repetir. ¿Será?

El domingo termina y la charla también. Soy una mezcla de sensaciones: sorpresa, motivación, inspiración, admiración. Y agradecimiento. “Espero poder transmitir con mi nota todo lo que me transmitiste a mí hoy, Ben”, digo con total honestidad, sin ánimos de frases hechas, guardando mi anotador.

“Te voy a decir algo más: la esperanza es débil, no es suficiente. Te da la posibilidad de fallar. Repetí conmigo: ‘voy a transmitir todo lo que me transmitiste a mí’”.

Repito. Sonrío. Nos despedimos y garabateo esa última frase como tratando de atrapar su último mensaje, mientras lo veo alejarse por una calle cualquiera de Buenos Aires, anónimo otra vez, con su violín al hombro y sus historias.

Daniela Dini.

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